Nuestro amor se llamó necesidad
y como tal, decepcionado a corta edad.
Coleccionábamos muecas de risa
que se esfumaban tras una caricia.
Contruíamos ídolos con reglas propias
donde disfrazar nuestras derrotas
Como todo comienzo,
fue buena nuestra historia
pero no supimos maquillar
la rutina con las sobras
de los besos y caricias
que cada vez más a deshora
y más en otras bocas
y más "vamos a otra cosa"
Cupido dedicó, entonces, sus años
a vengarse de su ruina
a burlarse de la rutina
a fumarse todo
a beberse hasta el odio.
Y fue aprendiendo algunas prosas
que rimaban con vinagre y rosas.
Y allá por el 49, dejó su semilla en Jaén
dos días antes del de los enamorados,
sembró un poeta urbano
que le cantara también
al desamor y a las lágrimas bobas
a la melancolía y al hotel dulce hotel
E hicieron pactos con satán
y se juraron amor eterno,
sólo por necesidad.
Ahora comparten escenarios
y líos de faldas
y whiskies ajimenados
y canutos y rayas
y tan buenos, o tan malos
qué más da, Cupido gana.
Porque poeta es quién transpira
la lengua en cada esquina
y cada verso es un suspenso
y cada página, otro cuento
y el flaco de Úbeda resucita
el amor acribillado en cada cita
y nacen de nuevo los besos
que escapan a la necedad
y agitan nuestros corazones
en la mesa de cualquier bar
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