domingo, 9 de diciembre de 2007

Puerta al alma


Siempre me impactó la hermosura, ya perversa, de sus ojos. Capaz de corromper cualquier especie, de distraer cualquier instante, de hacer tambalear toda ideología.
Nunca pude, aún así, vislumbrar qué era lo fulgoroso en ellos. Quizás su verdor mágico, tal vez la intensidad en su mirada o la sutil maldad oculta en ellos.
Algunas veces el mirarlos, consagraba mis días. Otras tantas me sumían en una profunda angustia capaz de perforarme el pecho en cada inhalación de aire.
Vaya uno a saber cuánta (in) consciencia tenía él de aquello! Y así marchaba por la vida, con la liviandad de quién acaba de sacarse un gran peso de encima. Ajeno, inamovible ante la vida misma que transcurre, anonadada, a su lado....
Definitivamente debía resolver esa situación porque sino terminaría subsumida en la locura, en el delirio, en esa asfixia a la que tantas otras veces me había autoinducido. El plan tenía que ser infalible. No podría resumirse a un ensayo de prueba y el error…porque una falla podía ser fatal. Quedar expuesta de pie, ante ellos, me iba a aniquilar.
La procesión empieza por dentro. Y mis ojos comenzaban a arder. Quizás prediciendo lo que estaba por ocurrir.
Decidí eliminar su mirada de las fotografías que, caprichosamente, había decidido conservar. Tan frescas, tan bonitas, pero tan verdes aún. Las conocía, las recordaba perfectamente a todas. Y tenía plena noción de la ubicación de cada una de ellas en mi departamento, en mi espacio personal, y también podía calcular a la perfección en qué lugar de esa pequeña (ahora) maldad de papel de 10 x 15 se alojaban sus ojos. Así que procedí a ejecutar mi plan, intentando causarme el menor daño posible. Tomé entonces, de mi armario, un pañuelo roído y vendé mis ojos. A ciegas, tanteando entre mi memoria, el aire, los muebles y las paredes, fui recogiendo cada una de ellas de todas las habitaciones. Una vez reunidas, me senté en el piso del living y comencé a desarmar los portarretratos…acariciándolos, percibiendo sus texturas, buscando sus aperturas y sus ranuras con la yema de mis dedos y cuando hube recogido cada una de sus imágenes, de sus miradas malditas, las fui ordenando y depositado en el suelo, frente a mí.
Empezaba a transpirarme el cabello debajo del pañuelo, dejando rodar pequeñas gotas de sudor por mi cuero cabelludo…por mis mejillas, cuan lágrimas que en otro momento hubiesen sucumbido de mis ojos al verlo. Pero esta vez no. Sin quitarme el pañuelo acaricié las fotos en el suelo. No hacía falta verlas para sentirlas. La que primero alcancé, fue la que había depositado a la izquierda de mi rodilla siniestra. Esa foto, ese recuerdo debía eliminar su verdor. Dejaría las ramas de los árboles de aquella tarde en el parque. Pero sus ojos debían desaparecer. La tomé suavemente, con cariño, y tuve un casi irrefrenable deseo de apoyarla sobre mi pecho y rozarla fuertemente…con la esperanza de borrarlos. Pero caí en razón de que sería imposible.
Al instante siguiente mi mano izquierda quedó en posesión de la fotografía y la derecha tanteó en el suelo buscando la tijera. La palpé, la tomé con mis dedos pulgar e índice y una vez que la posicioné en situación de corte, solamente tuve que abrirlos y dejar que se guiara sola mi mano hasta la parte de la fotografía en la cuál mi mente tenía recuerdo de sus fulgorosos ojos. Me decidí a conservar el resto de las imágenes sin su resplandor. Así que con mucho cuidado, para no dañarla, puncé a la altura de sus ojos y bastó un zigzag para comenzar a sentir alivio. Y otro. Y otro más. Girando lentamente la tijera en torno de la imagen, siempre clavada, siempre avanzando en mi propósito. 45 grados a la izquierda, 45 más y ya eran 90. Volví la tijera a su posición inicial y la que comenzó a girar, esta vez, fue la foto otros tantos grados. Y de nuevo la misma operación, hasta que punta y punta del trazo cortado se unieron y sus ojos cayeron entre mis piernas. Donde tantas otras veces había caído, rendido, el deseo.
Fue inmenso el placer que sentí. Una sonrisa macabra se apoderaba de mi angelical rostro, y una excitación desconocida descontrolaba mi pecho. Las pulsaciones de mis latidos marcaban el compás del zig-zag de la tijera. Lento…lento…con ritmo pausado, descoordinación, acelere, impulso veloz, cosquilleos, parálisis, pum pam pum pam, pum pum pum puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum…..agitación…Descanso otra vez. Una a una fui explorando, ciegamente, las fotografías y extirpando de ellas tus ojos.
Decime si, acaso, te dolió. Si sentiste las punzadas desgarradoras. Si se te nubló la vista. Yo te vi tambalear en mis recuerdos.
Aquella tarde en el parque, tal como se plasmó en la foto….no te sentaste a mi lado en el suelo, sobre la lona blanca, a acariciarme el cabello. Es más, creo que ni me reconociste. Yo si. Y te vi pasar muy cerca mío. Tomándote la cabeza entre las manos. Maldiciendo no se qué embrujo.. "

Porque el olvido también es un ejercicio del recuerdo. Porque cuando te olvido más te recuerdo, para olvidarte bien.

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