
Dejáme deslizarme por tu cuerpo
y descansar en tu infinito.
Buscar en tus necesidades
y satisfacer, así, el instinto.
De mi boca emergen besos tibios
que desgarran la humedad de este hastío.
Y se ahogan, se levantan, se pierden y se vuelven
(inminente y lentamente)
a buscar tu cuerpo herido.
Ya estoy cruzando tu frontera,
y tu piel sabe a frutas, a miel, a delirio.
Yo cierro los ojos y ahí no distingo
el límite fundido de tu cuerpo y el mío.
Mis manos inexpertas descifran
de tu piel los escritos
que gritan, que callan
y no entienden de olvidos.
El silencio, rey nocturno,
en este cuarto oscuro
danza y acompaña
el compás de tus latidos
e impaciente y nervioso espera morir,
ante el penetrante sonido
de tu enloquecido gemido.
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