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Que te aprovechen los balances,
los banquetes y las cenas.
Que en el cálculo del debe y el haber
sobren besos en tu mesa.
Que te sorprendan las cosas simples.
Que te espante la injusticia.
Que las cosas por las que ríes,
sigan llenándote de vida.
Que no te vendan ideas.
Que no te regalen guerras.
Que podamos dejarle a los niños
aire, tierra, agua, fresas.
Que hayan proyectos concretados.
Que hayan fracasos y que de ello aprendas.
Que hayan libros aun no explorados.
Que sigas teniendo ideas frescas.
Que tengas alas en tus sueños,
que vueles alto, que mires lejos.
Que el abrazo que te espera en la esquina,
valga mas que una propina.
Que sigas riendo sin sentido,
Que sumes logros, que restes miedos.
Que las historias desopilantes,
sigan teniendo de quién burlarse.
Que ames, que te amen.
Que duermas poco, que el tiempo baste.
Que te alcance lo necesario,
que te sobre lo que hayas dado.
Que cierres los ojos y rías.
Que tu media copa esté siempre llena.
Que sigas acumulando picardías.
Que ser tu amigo valga la pena.
Que sigas estando a mi lado.
Que no seas nunca del olvido.
Que felíz año, que te quiero.
Que te aproveche lo que te escribo.
sábado, 29 de diciembre de 2007
lunes, 24 de diciembre de 2007

Dejáme deslizarme por tu cuerpo
y descansar en tu infinito.
Buscar en tus necesidades
y satisfacer, así, el instinto.
De mi boca emergen besos tibios
que desgarran la humedad de este hastío.
Y se ahogan, se levantan, se pierden y se vuelven
(inminente y lentamente)
a buscar tu cuerpo herido.
Ya estoy cruzando tu frontera,
y tu piel sabe a frutas, a miel, a delirio.
Yo cierro los ojos y ahí no distingo
el límite fundido de tu cuerpo y el mío.
Mis manos inexpertas descifran
de tu piel los escritos
que gritan, que callan
y no entienden de olvidos.
El silencio, rey nocturno,
en este cuarto oscuro
danza y acompaña
el compás de tus latidos
e impaciente y nervioso espera morir,
ante el penetrante sonido
de tu enloquecido gemido.
domingo, 23 de diciembre de 2007
No una sino dos noches
No una sino dos noches, rasgué las cuerdas de mi garganta intentando llegar a vos.
No una sino dos mágicas noches. Acariciándote con el aire, humedeciéndote con mi transpiración, tensionando mis músculos para elevarme sobre el resto de la gente y alcanzarte, siguiéndote incondicionalmente con mis ojos, regalándote 19 suspiros y 500 sonrisas.
No una sino dos noches hubiese elegido perpetuarme en esa sumatoria de instantes que me llenaron de felicidad y quedarme así, ad eternum. Con la emoción a flor de piel, con el corazón ya salido del alma, levitando junto a vos.
No una sino dos noches reconociendo tus gestos, intuyendo tus placeres, descubriendo tus agallas, marcando con mi voz tu ritmo.
No una sino dos veces, gracias Joaquín. Y gracias Juan Manuel, por haberme permitido matar dos halcones de un tiro.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires . Estadio Boca Juniors 13 y 18 de diciembre de 2007
domingo, 9 de diciembre de 2007
Reflexionandome, quién sabe cuando

Cuanto tiempo tenés, ya, acariciando el vacío?
Cuántas miradas perdidas, mientras caminas por la calle, sin siquiera tener registro de los lugares pisados?
Cuántos sonidos enmudecen en tu garganta, sin llegar a constituirse en la palabra precisa, ante esos ojos que la esperaban conteniendo el derrape de las lágrimas?
Por naturaleza, el hombre marcha por la vida buscando aquello que le da felicidad. Y aun asi, cuánto miedo da encontrarla. Cuántas veces se echa uno atrás al hallar lo buscado.
Tantas cosas por resolver y tan pocas ganas de empezar. Dónde reside mi voluntad cuando me autoconvenzo de que no puedo realizar algo? Hacia dónde se escabulle mi intelecto cuando el “no pude” – con cara derrotada- domina la batalla lingüística y me mirás, con sonrisa burlona, haciéndome dar cuenta del error?
No puedo. Repito agotada. No puedo dejarte yo. A pesar de ser quien sale lastimada en esta relación.
No puedo. Y me aprieto contra tu pecho, girando lentamente la cabeza hacia arriba, buscando tramposamente tu boca. Y vuelvo a quedar al descubierto. Y vuelvo a descomprimir las ganas y a dejar que un río de deseo se abra en mí.
No puedo. Y mientras me alejas con tus manos, que tantas veces me supieron acariciar, hasta me siento idiota por tanta exposición. Y me sonrojo. Y me desespero. Quiero besarte. Y en ese instante no evalúo las consecuencias. Mañana me van a quemar tus besos, pero hoy lo que queman son las ganas.
No puedo. Y me paralizo. Y no puedo reaccionar. Solamente maldigo el momento, y las palabras que te dije, que ahora vos utilizas para hacerme entrar en razón. Y sin embargo…No puedo. Y tus besos confundidos llegan a mí. Erizándome la piel, revolucionando mis latidos y mi respiración. Y reflota la esperanza de que vos también te dejes llevar por el momento, y dejes de pensar en el dolor que me estas causando. Si yo quiero! Y empiezo a hurgar en vos, y también latís distinto, también tus ojos expresan deseo, también se agitan tus instintos. Pero vos no querés. O sí. Pero entendés que no debés.
No puedo. Y poco me importa que quieras cuidarme en este momento. Poco. Poquito, como decís vos. Si todo fuera un poco más fácil! Si Cupido acertara, de una maldita vez, con el flechazo compartido, directo a dos corazones solitarios. Uno a mí. El otro a alguno como vos.
No puedo. Y voy entendiendo que no vas a ceder. Y me invade una leve ira. Y quiero correr. Escapar. A donde no haya más dolor. Al antes de esa primera ficha que movimos acercándonos. A bajar de tu auto sin ese primer beso que tanto me lleno la boca y que hoy me deja tan confundida…sin pensar en el hoy. Tan egoístamente.
No puedo. Y solamente atino a reírme de mi misma, entre las lágrimas que escribo. A sufrir este presente preavisado. A chocar, finalmente, contra la pared que desde un principio supe que iba a encontrar. Porque esto no es la novela de la tarde. Porque esta realidad no tiene un final felíz. O por lo menos no a tu lado. No en esta vida, mi amor.
En vano sería empezar a prometerme no volver a cometer este error.
Cuántas miradas perdidas, mientras caminas por la calle, sin siquiera tener registro de los lugares pisados?
Cuántos sonidos enmudecen en tu garganta, sin llegar a constituirse en la palabra precisa, ante esos ojos que la esperaban conteniendo el derrape de las lágrimas?
Por naturaleza, el hombre marcha por la vida buscando aquello que le da felicidad. Y aun asi, cuánto miedo da encontrarla. Cuántas veces se echa uno atrás al hallar lo buscado.
Tantas cosas por resolver y tan pocas ganas de empezar. Dónde reside mi voluntad cuando me autoconvenzo de que no puedo realizar algo? Hacia dónde se escabulle mi intelecto cuando el “no pude” – con cara derrotada- domina la batalla lingüística y me mirás, con sonrisa burlona, haciéndome dar cuenta del error?
No puedo. Repito agotada. No puedo dejarte yo. A pesar de ser quien sale lastimada en esta relación.
No puedo. Y me aprieto contra tu pecho, girando lentamente la cabeza hacia arriba, buscando tramposamente tu boca. Y vuelvo a quedar al descubierto. Y vuelvo a descomprimir las ganas y a dejar que un río de deseo se abra en mí.
No puedo. Y mientras me alejas con tus manos, que tantas veces me supieron acariciar, hasta me siento idiota por tanta exposición. Y me sonrojo. Y me desespero. Quiero besarte. Y en ese instante no evalúo las consecuencias. Mañana me van a quemar tus besos, pero hoy lo que queman son las ganas.
No puedo. Y me paralizo. Y no puedo reaccionar. Solamente maldigo el momento, y las palabras que te dije, que ahora vos utilizas para hacerme entrar en razón. Y sin embargo…No puedo. Y tus besos confundidos llegan a mí. Erizándome la piel, revolucionando mis latidos y mi respiración. Y reflota la esperanza de que vos también te dejes llevar por el momento, y dejes de pensar en el dolor que me estas causando. Si yo quiero! Y empiezo a hurgar en vos, y también latís distinto, también tus ojos expresan deseo, también se agitan tus instintos. Pero vos no querés. O sí. Pero entendés que no debés.
No puedo. Y poco me importa que quieras cuidarme en este momento. Poco. Poquito, como decís vos. Si todo fuera un poco más fácil! Si Cupido acertara, de una maldita vez, con el flechazo compartido, directo a dos corazones solitarios. Uno a mí. El otro a alguno como vos.
No puedo. Y voy entendiendo que no vas a ceder. Y me invade una leve ira. Y quiero correr. Escapar. A donde no haya más dolor. Al antes de esa primera ficha que movimos acercándonos. A bajar de tu auto sin ese primer beso que tanto me lleno la boca y que hoy me deja tan confundida…sin pensar en el hoy. Tan egoístamente.
No puedo. Y solamente atino a reírme de mi misma, entre las lágrimas que escribo. A sufrir este presente preavisado. A chocar, finalmente, contra la pared que desde un principio supe que iba a encontrar. Porque esto no es la novela de la tarde. Porque esta realidad no tiene un final felíz. O por lo menos no a tu lado. No en esta vida, mi amor.
En vano sería empezar a prometerme no volver a cometer este error.
Puerta al alma

“ Siempre me impactó la hermosura, ya perversa, de sus ojos. Capaz de corromper cualquier especie, de distraer cualquier instante, de hacer tambalear toda ideología.
Nunca pude, aún así, vislumbrar qué era lo fulgoroso en ellos. Quizás su verdor mágico, tal vez la intensidad en su mirada o la sutil maldad oculta en ellos.
Algunas veces el mirarlos, consagraba mis días. Otras tantas me sumían en una profunda angustia capaz de perforarme el pecho en cada inhalación de aire.
Vaya uno a saber cuánta (in) consciencia tenía él de aquello! Y así marchaba por la vida, con la liviandad de quién acaba de sacarse un gran peso de encima. Ajeno, inamovible ante la vida misma que transcurre, anonadada, a su lado....
Definitivamente debía resolver esa situación porque sino terminaría subsumida en la locura, en el delirio, en esa asfixia a la que tantas otras veces me había autoinducido. El plan tenía que ser infalible. No podría resumirse a un ensayo de prueba y el error…porque una falla podía ser fatal. Quedar expuesta de pie, ante ellos, me iba a aniquilar.
La procesión empieza por dentro. Y mis ojos comenzaban a arder. Quizás prediciendo lo que estaba por ocurrir.
Decidí eliminar su mirada de las fotografías que, caprichosamente, había decidido conservar. Tan frescas, tan bonitas, pero tan verdes aún. Las conocía, las recordaba perfectamente a todas. Y tenía plena noción de la ubicación de cada una de ellas en mi departamento, en mi espacio personal, y también podía calcular a la perfección en qué lugar de esa pequeña (ahora) maldad de papel de 10 x 15 se alojaban sus ojos. Así que procedí a ejecutar mi plan, intentando causarme el menor daño posible. Tomé entonces, de mi armario, un pañuelo roído y vendé mis ojos. A ciegas, tanteando entre mi memoria, el aire, los muebles y las paredes, fui recogiendo cada una de ellas de todas las habitaciones. Una vez reunidas, me senté en el piso del living y comencé a desarmar los portarretratos…acariciándolos, percibiendo sus texturas, buscando sus aperturas y sus ranuras con la yema de mis dedos y cuando hube recogido cada una de sus imágenes, de sus miradas malditas, las fui ordenando y depositado en el suelo, frente a mí.
Empezaba a transpirarme el cabello debajo del pañuelo, dejando rodar pequeñas gotas de sudor por mi cuero cabelludo…por mis mejillas, cuan lágrimas que en otro momento hubiesen sucumbido de mis ojos al verlo. Pero esta vez no. Sin quitarme el pañuelo acaricié las fotos en el suelo. No hacía falta verlas para sentirlas. La que primero alcancé, fue la que había depositado a la izquierda de mi rodilla siniestra. Esa foto, ese recuerdo debía eliminar su verdor. Dejaría las ramas de los árboles de aquella tarde en el parque. Pero sus ojos debían desaparecer. La tomé suavemente, con cariño, y tuve un casi irrefrenable deseo de apoyarla sobre mi pecho y rozarla fuertemente…con la esperanza de borrarlos. Pero caí en razón de que sería imposible.
Al instante siguiente mi mano izquierda quedó en posesión de la fotografía y la derecha tanteó en el suelo buscando la tijera. La palpé, la tomé con mis dedos pulgar e índice y una vez que la posicioné en situación de corte, solamente tuve que abrirlos y dejar que se guiara sola mi mano hasta la parte de la fotografía en la cuál mi mente tenía recuerdo de sus fulgorosos ojos. Me decidí a conservar el resto de las imágenes sin su resplandor. Así que con mucho cuidado, para no dañarla, puncé a la altura de sus ojos y bastó un zigzag para comenzar a sentir alivio. Y otro. Y otro más. Girando lentamente la tijera en torno de la imagen, siempre clavada, siempre avanzando en mi propósito. 45 grados a la izquierda, 45 más y ya eran 90. Volví la tijera a su posición inicial y la que comenzó a girar, esta vez, fue la foto otros tantos grados. Y de nuevo la misma operación, hasta que punta y punta del trazo cortado se unieron y sus ojos cayeron entre mis piernas. Donde tantas otras veces había caído, rendido, el deseo.
Fue inmenso el placer que sentí. Una sonrisa macabra se apoderaba de mi angelical rostro, y una excitación desconocida descontrolaba mi pecho. Las pulsaciones de mis latidos marcaban el compás del zig-zag de la tijera. Lento…lento…con ritmo pausado, descoordinación, acelere, impulso veloz, cosquilleos, parálisis, pum pam pum pam, pum pum pum puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum…..agitación…Descanso otra vez. Una a una fui explorando, ciegamente, las fotografías y extirpando de ellas tus ojos.
Decime si, acaso, te dolió. Si sentiste las punzadas desgarradoras. Si se te nubló la vista. Yo te vi tambalear en mis recuerdos.
Aquella tarde en el parque, tal como se plasmó en la foto….no te sentaste a mi lado en el suelo, sobre la lona blanca, a acariciarme el cabello. Es más, creo que ni me reconociste. Yo si. Y te vi pasar muy cerca mío. Tomándote la cabeza entre las manos. Maldiciendo no se qué embrujo.. "
Nunca pude, aún así, vislumbrar qué era lo fulgoroso en ellos. Quizás su verdor mágico, tal vez la intensidad en su mirada o la sutil maldad oculta en ellos.
Algunas veces el mirarlos, consagraba mis días. Otras tantas me sumían en una profunda angustia capaz de perforarme el pecho en cada inhalación de aire.
Vaya uno a saber cuánta (in) consciencia tenía él de aquello! Y así marchaba por la vida, con la liviandad de quién acaba de sacarse un gran peso de encima. Ajeno, inamovible ante la vida misma que transcurre, anonadada, a su lado....
Definitivamente debía resolver esa situación porque sino terminaría subsumida en la locura, en el delirio, en esa asfixia a la que tantas otras veces me había autoinducido. El plan tenía que ser infalible. No podría resumirse a un ensayo de prueba y el error…porque una falla podía ser fatal. Quedar expuesta de pie, ante ellos, me iba a aniquilar.
La procesión empieza por dentro. Y mis ojos comenzaban a arder. Quizás prediciendo lo que estaba por ocurrir.
Decidí eliminar su mirada de las fotografías que, caprichosamente, había decidido conservar. Tan frescas, tan bonitas, pero tan verdes aún. Las conocía, las recordaba perfectamente a todas. Y tenía plena noción de la ubicación de cada una de ellas en mi departamento, en mi espacio personal, y también podía calcular a la perfección en qué lugar de esa pequeña (ahora) maldad de papel de 10 x 15 se alojaban sus ojos. Así que procedí a ejecutar mi plan, intentando causarme el menor daño posible. Tomé entonces, de mi armario, un pañuelo roído y vendé mis ojos. A ciegas, tanteando entre mi memoria, el aire, los muebles y las paredes, fui recogiendo cada una de ellas de todas las habitaciones. Una vez reunidas, me senté en el piso del living y comencé a desarmar los portarretratos…acariciándolos, percibiendo sus texturas, buscando sus aperturas y sus ranuras con la yema de mis dedos y cuando hube recogido cada una de sus imágenes, de sus miradas malditas, las fui ordenando y depositado en el suelo, frente a mí.
Empezaba a transpirarme el cabello debajo del pañuelo, dejando rodar pequeñas gotas de sudor por mi cuero cabelludo…por mis mejillas, cuan lágrimas que en otro momento hubiesen sucumbido de mis ojos al verlo. Pero esta vez no. Sin quitarme el pañuelo acaricié las fotos en el suelo. No hacía falta verlas para sentirlas. La que primero alcancé, fue la que había depositado a la izquierda de mi rodilla siniestra. Esa foto, ese recuerdo debía eliminar su verdor. Dejaría las ramas de los árboles de aquella tarde en el parque. Pero sus ojos debían desaparecer. La tomé suavemente, con cariño, y tuve un casi irrefrenable deseo de apoyarla sobre mi pecho y rozarla fuertemente…con la esperanza de borrarlos. Pero caí en razón de que sería imposible.
Al instante siguiente mi mano izquierda quedó en posesión de la fotografía y la derecha tanteó en el suelo buscando la tijera. La palpé, la tomé con mis dedos pulgar e índice y una vez que la posicioné en situación de corte, solamente tuve que abrirlos y dejar que se guiara sola mi mano hasta la parte de la fotografía en la cuál mi mente tenía recuerdo de sus fulgorosos ojos. Me decidí a conservar el resto de las imágenes sin su resplandor. Así que con mucho cuidado, para no dañarla, puncé a la altura de sus ojos y bastó un zigzag para comenzar a sentir alivio. Y otro. Y otro más. Girando lentamente la tijera en torno de la imagen, siempre clavada, siempre avanzando en mi propósito. 45 grados a la izquierda, 45 más y ya eran 90. Volví la tijera a su posición inicial y la que comenzó a girar, esta vez, fue la foto otros tantos grados. Y de nuevo la misma operación, hasta que punta y punta del trazo cortado se unieron y sus ojos cayeron entre mis piernas. Donde tantas otras veces había caído, rendido, el deseo.
Fue inmenso el placer que sentí. Una sonrisa macabra se apoderaba de mi angelical rostro, y una excitación desconocida descontrolaba mi pecho. Las pulsaciones de mis latidos marcaban el compás del zig-zag de la tijera. Lento…lento…con ritmo pausado, descoordinación, acelere, impulso veloz, cosquilleos, parálisis, pum pam pum pam, pum pum pum puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum…..agitación…Descanso otra vez. Una a una fui explorando, ciegamente, las fotografías y extirpando de ellas tus ojos.
Decime si, acaso, te dolió. Si sentiste las punzadas desgarradoras. Si se te nubló la vista. Yo te vi tambalear en mis recuerdos.
Aquella tarde en el parque, tal como se plasmó en la foto….no te sentaste a mi lado en el suelo, sobre la lona blanca, a acariciarme el cabello. Es más, creo que ni me reconociste. Yo si. Y te vi pasar muy cerca mío. Tomándote la cabeza entre las manos. Maldiciendo no se qué embrujo.. "
Porque el olvido también es un ejercicio del recuerdo. Porque cuando te olvido más te recuerdo, para olvidarte bien.
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