viernes, 23 de noviembre de 2007

Ganas...

Las ganas van y vienen, como siguiendo el vaivén de las olas en el mar. O aún peor. Porque aquellas, salvo en los cambios abruptos de vientos que las sacuden, las confunden y hasta las cruzan de manera perpendicular, tienen un comportamiento más o menos lineal. Vienen del centro del mar, como las ganas que emergen desde mi interior, pero en forma recta, previsible, hasta en la rompiente- las ves crecer, elevarse por sobre el resto del agua, impulsarse hacia adelante, comenzar a perder el equilibrio hasta que llega el estallido y el burbujeo blanco de la espuma que, violentamente, comienza su carrera hacia la orilla- y luego... por algún instante, la calma en el agua. Y lo que fue una gran y amenazante ola, se desvanece para ser pisoteada en la arena.
Ojalá mis ganas se comportaran así. Ellas salen de donde quieren, sin preaviso de rompiente, sin un sentido predeterminado, sin causa evidente. Sin agua que contenga el golpe, sin vos.
Y aun así, te evoco. Aun así te busco. Te encuentro. Te palpo. Te lamo. Te deseo. Y las ganas emergen a flor de piel. Y ahí....quizás ahí, lo comprendo.

Reflexiones de horas picos

Todas las personas son una unidad de felicidad. Charlan. Miran. Interactúan. Ríen. A veces, buscando otra sonrisa. Otras, riéndose a costa de la soledad. No importa. La risa me sigue generando bienestar. Ya sea que nazca de mi vientre, ya sea consecuencia tuya. O de la sociedad.
Hoy se me ocurrió pensar así. Aun sobrándome motivos de angustia. Aun pudiendo chorrear infelicidad.
Aun viéndote pasar, a la distancia y pensando tantas cosas a la par. Sintiéndote. Negándote. Queriéndote alejar o llamar.
Quién sabe? Pero mientras, me río. Y sobrellevo el momento. Y disfruto de mi loca compañía.
En soledad...aun sabiendo que estas.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Tu más profunda piel... de Julio Cortázar

Hoy tengo ganas de expresarme, pero no muchas de escribir. Así que comparto esta prosa de Cortázar que me fascina. Espero que el que la lea aquí también la disfrute.


Tu más Profunda Piel

Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Paradojicamente, la primera vez que recuerdo haber jugado a la "Rayuela" fue en una calle que bien podría llamarse "Calle Melancolía". Aráoz 234. Pintoresca escuela estatal de barrio, con su fachada bien cuidada, la bandera izada en el mástil del frente, la cartelera de novedades, las ventanas de 1º y 2º grado que daban a la calle, en planta baja, y lo propio con las de 6º y 7º grado, en el primer piso, por donde en más de una oportunidad han salido volando objetos de todo tipo.
Viví, durante el período escolar, a la vuelta de la escuela. Y, como era de esperar, casi diariamente llegaba tarde...cuando la puerta de calle ya se encontraba cerrada y debía aguardar esos 5 interminables minutos que duraban el izamiento de la bandera de adentro, el cantito del "Aurora" y la desconcentración a las aulas, en ordenadas filas, en el patíbulo. Y después el deslizamiento sagaz, bien medido, estudiado, a la fila de mi grado para evitar que alguna de las maestras comentara, al aire, qué raro los Pollarsky otra vez tarde! (Aclaración: ibamos en patota y hasta los altos grados, acompañados por mamá) Y ahí pasabamos 4, 3, 2 de nosotros sonrojados, asumiendo la derrota. Pero bueno, no era tan insufrible (sino hubiesemos aprendido a levantarnos a horario y a llegar temprano).
Tina o Marta tocaban la campana del recreo largo, porque timbre recién tuve los últimos años, y los patios eran una fiesta. El delantero- descubierto- para los grados mas pequeños, salvo los días de lluvia en los cuáles debíamos amucharnos, como podíamos, en el cubierto. El de atrás, el techado, para los mayores. Algunos intercambiaban figuritas, otros jugaban al yo-yó (ay! el Branco luminoso...afortunado quien podía ir a los kioscos cuando se armaban las clases magistrales y volver, al otro día al recreo, manejando nuevos trucos!!!), algunos se pegaban, otros correteaban, las nenas jugaban esos histéricos juegos de manos de coordinación de golpeteos, palmadas, tocadas a los talones y demases que rara vez lograba memorizar, encima cantados!!! Yo prefería correr por el patio, jugar a la farolera, esconderme debajo de las gradas, saltar la soga, hundir mi nariz en un libro en la biblioteca o jugar a la rayuela.

El lugar estratégico para jugar a la rayuela, era en la puerta del aula de jardín. Entrando a la escuela, a la izquierda. No pregunten porqué. Pero era así. Quizás porque ahí daba la sombra. O porque era, también, cercano al aula de 1º grado y ahí fue cuando comencé a jugarlo. Las cuadraditas baldozas grises ayudaban a delimitar los espacios.
CIELO
9
7 8
6
5
4
2 3
1
TIERRA

Con alguna tiza sacada, agilmente antes de salir del aula, hacíamos el diagrama. Y después esa era la misma que utilizábamos para hacerle puntería al número en el que tenía que caer. De ahí en adelante, saltos, agachadas, algun griterío cuando las contrincantes y/o espectadoras consideraban que alguna había pisado fuera del cuadrado, o que había apoyado el otro pie- que debía mantenerse siempre sin tocar el piso para no perder- en el suelo. A veces no se necesitaba del moderno telebin para dejarlo en evidencia: la marca de la pizada quedaba estampada entre el polvo de la tiza y el suelo. Y si la "tramposa" se negaba a aceptarlo, bastaba con hacerle levantar el pie y mirar los restos de tiza delatores en la suela de la zapatilla para expulsarla del juego.
Así transcurrieron varios de mis recreos. Muchas veces dedicándole miradas suplicantes a la encargada de la campana para que alargase un poquito más el recreo para que alguna lograse llegar al cielo. Sino, dudosamente la rayuela duraría dibujada en el piso otra hora más, y nosotras tampoco nos acordaríamos las posiciones de cada una en el ranking (palabra ésta que no se usaba por aquellos momentos...)

Indudable y casi biblicamente, si lo pensamos hoy, la gloria estaba en el cielo.
Quién sabe si en realidad sea así. Pero la que llegaba al cielo primero, ganaba. Hoy en día, con 26 años, prefiero tardar más en arribar. La tierra me guarda, aun, varias sorpresas.