Las ganas van y vienen, como siguiendo el vaivén de las olas en el mar. O aún peor. Porque aquellas, salvo en los cambios abruptos de vientos que las sacuden, las confunden y hasta las cruzan de manera perpendicular, tienen un comportamiento más o menos lineal. Vienen del centro del mar, como las ganas que emergen desde mi interior, pero en forma recta, previsible, hasta en la rompiente- las ves crecer, elevarse por sobre el resto del agua, impulsarse hacia adelante, comenzar a perder el equilibrio hasta que llega el estallido y el burbujeo blanco de la espuma que, violentamente, comienza su carrera hacia la orilla- y luego... por algún instante, la calma en el agua. Y lo que fue una gran y amenazante ola, se desvanece para ser pisoteada en la arena.
Ojalá mis ganas se comportaran así. Ellas salen de donde quieren, sin preaviso de rompiente, sin un sentido predeterminado, sin causa evidente. Sin agua que contenga el golpe, sin vos.
Y aun así, te evoco. Aun así te busco. Te encuentro. Te palpo. Te lamo. Te deseo. Y las ganas emergen a flor de piel. Y ahí....quizás ahí, lo comprendo.
Ojalá mis ganas se comportaran así. Ellas salen de donde quieren, sin preaviso de rompiente, sin un sentido predeterminado, sin causa evidente. Sin agua que contenga el golpe, sin vos.
Y aun así, te evoco. Aun así te busco. Te encuentro. Te palpo. Te lamo. Te deseo. Y las ganas emergen a flor de piel. Y ahí....quizás ahí, lo comprendo.