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Que te aprovechen los balances,
los banquetes y las cenas.
Que en el cálculo del debe y el haber
sobren besos en tu mesa.
Que te sorprendan las cosas simples.
Que te espante la injusticia.
Que las cosas por las que ríes,
sigan llenándote de vida.
Que no te vendan ideas.
Que no te regalen guerras.
Que podamos dejarle a los niños
aire, tierra, agua, fresas.
Que hayan proyectos concretados.
Que hayan fracasos y que de ello aprendas.
Que hayan libros aun no explorados.
Que sigas teniendo ideas frescas.
Que tengas alas en tus sueños,
que vueles alto, que mires lejos.
Que el abrazo que te espera en la esquina,
valga mas que una propina.
Que sigas riendo sin sentido,
Que sumes logros, que restes miedos.
Que las historias desopilantes,
sigan teniendo de quién burlarse.
Que ames, que te amen.
Que duermas poco, que el tiempo baste.
Que te alcance lo necesario,
que te sobre lo que hayas dado.
Que cierres los ojos y rías.
Que tu media copa esté siempre llena.
Que sigas acumulando picardías.
Que ser tu amigo valga la pena.
Que sigas estando a mi lado.
Que no seas nunca del olvido.
Que felíz año, que te quiero.
Que te aproveche lo que te escribo.
sábado, 29 de diciembre de 2007
lunes, 24 de diciembre de 2007

Dejáme deslizarme por tu cuerpo
y descansar en tu infinito.
Buscar en tus necesidades
y satisfacer, así, el instinto.
De mi boca emergen besos tibios
que desgarran la humedad de este hastío.
Y se ahogan, se levantan, se pierden y se vuelven
(inminente y lentamente)
a buscar tu cuerpo herido.
Ya estoy cruzando tu frontera,
y tu piel sabe a frutas, a miel, a delirio.
Yo cierro los ojos y ahí no distingo
el límite fundido de tu cuerpo y el mío.
Mis manos inexpertas descifran
de tu piel los escritos
que gritan, que callan
y no entienden de olvidos.
El silencio, rey nocturno,
en este cuarto oscuro
danza y acompaña
el compás de tus latidos
e impaciente y nervioso espera morir,
ante el penetrante sonido
de tu enloquecido gemido.
domingo, 23 de diciembre de 2007
No una sino dos noches
No una sino dos noches, rasgué las cuerdas de mi garganta intentando llegar a vos.
No una sino dos mágicas noches. Acariciándote con el aire, humedeciéndote con mi transpiración, tensionando mis músculos para elevarme sobre el resto de la gente y alcanzarte, siguiéndote incondicionalmente con mis ojos, regalándote 19 suspiros y 500 sonrisas.
No una sino dos noches hubiese elegido perpetuarme en esa sumatoria de instantes que me llenaron de felicidad y quedarme así, ad eternum. Con la emoción a flor de piel, con el corazón ya salido del alma, levitando junto a vos.
No una sino dos noches reconociendo tus gestos, intuyendo tus placeres, descubriendo tus agallas, marcando con mi voz tu ritmo.
No una sino dos veces, gracias Joaquín. Y gracias Juan Manuel, por haberme permitido matar dos halcones de un tiro.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires . Estadio Boca Juniors 13 y 18 de diciembre de 2007
domingo, 9 de diciembre de 2007
Reflexionandome, quién sabe cuando

Cuanto tiempo tenés, ya, acariciando el vacío?
Cuántas miradas perdidas, mientras caminas por la calle, sin siquiera tener registro de los lugares pisados?
Cuántos sonidos enmudecen en tu garganta, sin llegar a constituirse en la palabra precisa, ante esos ojos que la esperaban conteniendo el derrape de las lágrimas?
Por naturaleza, el hombre marcha por la vida buscando aquello que le da felicidad. Y aun asi, cuánto miedo da encontrarla. Cuántas veces se echa uno atrás al hallar lo buscado.
Tantas cosas por resolver y tan pocas ganas de empezar. Dónde reside mi voluntad cuando me autoconvenzo de que no puedo realizar algo? Hacia dónde se escabulle mi intelecto cuando el “no pude” – con cara derrotada- domina la batalla lingüística y me mirás, con sonrisa burlona, haciéndome dar cuenta del error?
No puedo. Repito agotada. No puedo dejarte yo. A pesar de ser quien sale lastimada en esta relación.
No puedo. Y me aprieto contra tu pecho, girando lentamente la cabeza hacia arriba, buscando tramposamente tu boca. Y vuelvo a quedar al descubierto. Y vuelvo a descomprimir las ganas y a dejar que un río de deseo se abra en mí.
No puedo. Y mientras me alejas con tus manos, que tantas veces me supieron acariciar, hasta me siento idiota por tanta exposición. Y me sonrojo. Y me desespero. Quiero besarte. Y en ese instante no evalúo las consecuencias. Mañana me van a quemar tus besos, pero hoy lo que queman son las ganas.
No puedo. Y me paralizo. Y no puedo reaccionar. Solamente maldigo el momento, y las palabras que te dije, que ahora vos utilizas para hacerme entrar en razón. Y sin embargo…No puedo. Y tus besos confundidos llegan a mí. Erizándome la piel, revolucionando mis latidos y mi respiración. Y reflota la esperanza de que vos también te dejes llevar por el momento, y dejes de pensar en el dolor que me estas causando. Si yo quiero! Y empiezo a hurgar en vos, y también latís distinto, también tus ojos expresan deseo, también se agitan tus instintos. Pero vos no querés. O sí. Pero entendés que no debés.
No puedo. Y poco me importa que quieras cuidarme en este momento. Poco. Poquito, como decís vos. Si todo fuera un poco más fácil! Si Cupido acertara, de una maldita vez, con el flechazo compartido, directo a dos corazones solitarios. Uno a mí. El otro a alguno como vos.
No puedo. Y voy entendiendo que no vas a ceder. Y me invade una leve ira. Y quiero correr. Escapar. A donde no haya más dolor. Al antes de esa primera ficha que movimos acercándonos. A bajar de tu auto sin ese primer beso que tanto me lleno la boca y que hoy me deja tan confundida…sin pensar en el hoy. Tan egoístamente.
No puedo. Y solamente atino a reírme de mi misma, entre las lágrimas que escribo. A sufrir este presente preavisado. A chocar, finalmente, contra la pared que desde un principio supe que iba a encontrar. Porque esto no es la novela de la tarde. Porque esta realidad no tiene un final felíz. O por lo menos no a tu lado. No en esta vida, mi amor.
En vano sería empezar a prometerme no volver a cometer este error.
Cuántas miradas perdidas, mientras caminas por la calle, sin siquiera tener registro de los lugares pisados?
Cuántos sonidos enmudecen en tu garganta, sin llegar a constituirse en la palabra precisa, ante esos ojos que la esperaban conteniendo el derrape de las lágrimas?
Por naturaleza, el hombre marcha por la vida buscando aquello que le da felicidad. Y aun asi, cuánto miedo da encontrarla. Cuántas veces se echa uno atrás al hallar lo buscado.
Tantas cosas por resolver y tan pocas ganas de empezar. Dónde reside mi voluntad cuando me autoconvenzo de que no puedo realizar algo? Hacia dónde se escabulle mi intelecto cuando el “no pude” – con cara derrotada- domina la batalla lingüística y me mirás, con sonrisa burlona, haciéndome dar cuenta del error?
No puedo. Repito agotada. No puedo dejarte yo. A pesar de ser quien sale lastimada en esta relación.
No puedo. Y me aprieto contra tu pecho, girando lentamente la cabeza hacia arriba, buscando tramposamente tu boca. Y vuelvo a quedar al descubierto. Y vuelvo a descomprimir las ganas y a dejar que un río de deseo se abra en mí.
No puedo. Y mientras me alejas con tus manos, que tantas veces me supieron acariciar, hasta me siento idiota por tanta exposición. Y me sonrojo. Y me desespero. Quiero besarte. Y en ese instante no evalúo las consecuencias. Mañana me van a quemar tus besos, pero hoy lo que queman son las ganas.
No puedo. Y me paralizo. Y no puedo reaccionar. Solamente maldigo el momento, y las palabras que te dije, que ahora vos utilizas para hacerme entrar en razón. Y sin embargo…No puedo. Y tus besos confundidos llegan a mí. Erizándome la piel, revolucionando mis latidos y mi respiración. Y reflota la esperanza de que vos también te dejes llevar por el momento, y dejes de pensar en el dolor que me estas causando. Si yo quiero! Y empiezo a hurgar en vos, y también latís distinto, también tus ojos expresan deseo, también se agitan tus instintos. Pero vos no querés. O sí. Pero entendés que no debés.
No puedo. Y poco me importa que quieras cuidarme en este momento. Poco. Poquito, como decís vos. Si todo fuera un poco más fácil! Si Cupido acertara, de una maldita vez, con el flechazo compartido, directo a dos corazones solitarios. Uno a mí. El otro a alguno como vos.
No puedo. Y voy entendiendo que no vas a ceder. Y me invade una leve ira. Y quiero correr. Escapar. A donde no haya más dolor. Al antes de esa primera ficha que movimos acercándonos. A bajar de tu auto sin ese primer beso que tanto me lleno la boca y que hoy me deja tan confundida…sin pensar en el hoy. Tan egoístamente.
No puedo. Y solamente atino a reírme de mi misma, entre las lágrimas que escribo. A sufrir este presente preavisado. A chocar, finalmente, contra la pared que desde un principio supe que iba a encontrar. Porque esto no es la novela de la tarde. Porque esta realidad no tiene un final felíz. O por lo menos no a tu lado. No en esta vida, mi amor.
En vano sería empezar a prometerme no volver a cometer este error.
Puerta al alma

“ Siempre me impactó la hermosura, ya perversa, de sus ojos. Capaz de corromper cualquier especie, de distraer cualquier instante, de hacer tambalear toda ideología.
Nunca pude, aún así, vislumbrar qué era lo fulgoroso en ellos. Quizás su verdor mágico, tal vez la intensidad en su mirada o la sutil maldad oculta en ellos.
Algunas veces el mirarlos, consagraba mis días. Otras tantas me sumían en una profunda angustia capaz de perforarme el pecho en cada inhalación de aire.
Vaya uno a saber cuánta (in) consciencia tenía él de aquello! Y así marchaba por la vida, con la liviandad de quién acaba de sacarse un gran peso de encima. Ajeno, inamovible ante la vida misma que transcurre, anonadada, a su lado....
Definitivamente debía resolver esa situación porque sino terminaría subsumida en la locura, en el delirio, en esa asfixia a la que tantas otras veces me había autoinducido. El plan tenía que ser infalible. No podría resumirse a un ensayo de prueba y el error…porque una falla podía ser fatal. Quedar expuesta de pie, ante ellos, me iba a aniquilar.
La procesión empieza por dentro. Y mis ojos comenzaban a arder. Quizás prediciendo lo que estaba por ocurrir.
Decidí eliminar su mirada de las fotografías que, caprichosamente, había decidido conservar. Tan frescas, tan bonitas, pero tan verdes aún. Las conocía, las recordaba perfectamente a todas. Y tenía plena noción de la ubicación de cada una de ellas en mi departamento, en mi espacio personal, y también podía calcular a la perfección en qué lugar de esa pequeña (ahora) maldad de papel de 10 x 15 se alojaban sus ojos. Así que procedí a ejecutar mi plan, intentando causarme el menor daño posible. Tomé entonces, de mi armario, un pañuelo roído y vendé mis ojos. A ciegas, tanteando entre mi memoria, el aire, los muebles y las paredes, fui recogiendo cada una de ellas de todas las habitaciones. Una vez reunidas, me senté en el piso del living y comencé a desarmar los portarretratos…acariciándolos, percibiendo sus texturas, buscando sus aperturas y sus ranuras con la yema de mis dedos y cuando hube recogido cada una de sus imágenes, de sus miradas malditas, las fui ordenando y depositado en el suelo, frente a mí.
Empezaba a transpirarme el cabello debajo del pañuelo, dejando rodar pequeñas gotas de sudor por mi cuero cabelludo…por mis mejillas, cuan lágrimas que en otro momento hubiesen sucumbido de mis ojos al verlo. Pero esta vez no. Sin quitarme el pañuelo acaricié las fotos en el suelo. No hacía falta verlas para sentirlas. La que primero alcancé, fue la que había depositado a la izquierda de mi rodilla siniestra. Esa foto, ese recuerdo debía eliminar su verdor. Dejaría las ramas de los árboles de aquella tarde en el parque. Pero sus ojos debían desaparecer. La tomé suavemente, con cariño, y tuve un casi irrefrenable deseo de apoyarla sobre mi pecho y rozarla fuertemente…con la esperanza de borrarlos. Pero caí en razón de que sería imposible.
Al instante siguiente mi mano izquierda quedó en posesión de la fotografía y la derecha tanteó en el suelo buscando la tijera. La palpé, la tomé con mis dedos pulgar e índice y una vez que la posicioné en situación de corte, solamente tuve que abrirlos y dejar que se guiara sola mi mano hasta la parte de la fotografía en la cuál mi mente tenía recuerdo de sus fulgorosos ojos. Me decidí a conservar el resto de las imágenes sin su resplandor. Así que con mucho cuidado, para no dañarla, puncé a la altura de sus ojos y bastó un zigzag para comenzar a sentir alivio. Y otro. Y otro más. Girando lentamente la tijera en torno de la imagen, siempre clavada, siempre avanzando en mi propósito. 45 grados a la izquierda, 45 más y ya eran 90. Volví la tijera a su posición inicial y la que comenzó a girar, esta vez, fue la foto otros tantos grados. Y de nuevo la misma operación, hasta que punta y punta del trazo cortado se unieron y sus ojos cayeron entre mis piernas. Donde tantas otras veces había caído, rendido, el deseo.
Fue inmenso el placer que sentí. Una sonrisa macabra se apoderaba de mi angelical rostro, y una excitación desconocida descontrolaba mi pecho. Las pulsaciones de mis latidos marcaban el compás del zig-zag de la tijera. Lento…lento…con ritmo pausado, descoordinación, acelere, impulso veloz, cosquilleos, parálisis, pum pam pum pam, pum pum pum puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum…..agitación…Descanso otra vez. Una a una fui explorando, ciegamente, las fotografías y extirpando de ellas tus ojos.
Decime si, acaso, te dolió. Si sentiste las punzadas desgarradoras. Si se te nubló la vista. Yo te vi tambalear en mis recuerdos.
Aquella tarde en el parque, tal como se plasmó en la foto….no te sentaste a mi lado en el suelo, sobre la lona blanca, a acariciarme el cabello. Es más, creo que ni me reconociste. Yo si. Y te vi pasar muy cerca mío. Tomándote la cabeza entre las manos. Maldiciendo no se qué embrujo.. "
Nunca pude, aún así, vislumbrar qué era lo fulgoroso en ellos. Quizás su verdor mágico, tal vez la intensidad en su mirada o la sutil maldad oculta en ellos.
Algunas veces el mirarlos, consagraba mis días. Otras tantas me sumían en una profunda angustia capaz de perforarme el pecho en cada inhalación de aire.
Vaya uno a saber cuánta (in) consciencia tenía él de aquello! Y así marchaba por la vida, con la liviandad de quién acaba de sacarse un gran peso de encima. Ajeno, inamovible ante la vida misma que transcurre, anonadada, a su lado....
Definitivamente debía resolver esa situación porque sino terminaría subsumida en la locura, en el delirio, en esa asfixia a la que tantas otras veces me había autoinducido. El plan tenía que ser infalible. No podría resumirse a un ensayo de prueba y el error…porque una falla podía ser fatal. Quedar expuesta de pie, ante ellos, me iba a aniquilar.
La procesión empieza por dentro. Y mis ojos comenzaban a arder. Quizás prediciendo lo que estaba por ocurrir.
Decidí eliminar su mirada de las fotografías que, caprichosamente, había decidido conservar. Tan frescas, tan bonitas, pero tan verdes aún. Las conocía, las recordaba perfectamente a todas. Y tenía plena noción de la ubicación de cada una de ellas en mi departamento, en mi espacio personal, y también podía calcular a la perfección en qué lugar de esa pequeña (ahora) maldad de papel de 10 x 15 se alojaban sus ojos. Así que procedí a ejecutar mi plan, intentando causarme el menor daño posible. Tomé entonces, de mi armario, un pañuelo roído y vendé mis ojos. A ciegas, tanteando entre mi memoria, el aire, los muebles y las paredes, fui recogiendo cada una de ellas de todas las habitaciones. Una vez reunidas, me senté en el piso del living y comencé a desarmar los portarretratos…acariciándolos, percibiendo sus texturas, buscando sus aperturas y sus ranuras con la yema de mis dedos y cuando hube recogido cada una de sus imágenes, de sus miradas malditas, las fui ordenando y depositado en el suelo, frente a mí.
Empezaba a transpirarme el cabello debajo del pañuelo, dejando rodar pequeñas gotas de sudor por mi cuero cabelludo…por mis mejillas, cuan lágrimas que en otro momento hubiesen sucumbido de mis ojos al verlo. Pero esta vez no. Sin quitarme el pañuelo acaricié las fotos en el suelo. No hacía falta verlas para sentirlas. La que primero alcancé, fue la que había depositado a la izquierda de mi rodilla siniestra. Esa foto, ese recuerdo debía eliminar su verdor. Dejaría las ramas de los árboles de aquella tarde en el parque. Pero sus ojos debían desaparecer. La tomé suavemente, con cariño, y tuve un casi irrefrenable deseo de apoyarla sobre mi pecho y rozarla fuertemente…con la esperanza de borrarlos. Pero caí en razón de que sería imposible.
Al instante siguiente mi mano izquierda quedó en posesión de la fotografía y la derecha tanteó en el suelo buscando la tijera. La palpé, la tomé con mis dedos pulgar e índice y una vez que la posicioné en situación de corte, solamente tuve que abrirlos y dejar que se guiara sola mi mano hasta la parte de la fotografía en la cuál mi mente tenía recuerdo de sus fulgorosos ojos. Me decidí a conservar el resto de las imágenes sin su resplandor. Así que con mucho cuidado, para no dañarla, puncé a la altura de sus ojos y bastó un zigzag para comenzar a sentir alivio. Y otro. Y otro más. Girando lentamente la tijera en torno de la imagen, siempre clavada, siempre avanzando en mi propósito. 45 grados a la izquierda, 45 más y ya eran 90. Volví la tijera a su posición inicial y la que comenzó a girar, esta vez, fue la foto otros tantos grados. Y de nuevo la misma operación, hasta que punta y punta del trazo cortado se unieron y sus ojos cayeron entre mis piernas. Donde tantas otras veces había caído, rendido, el deseo.
Fue inmenso el placer que sentí. Una sonrisa macabra se apoderaba de mi angelical rostro, y una excitación desconocida descontrolaba mi pecho. Las pulsaciones de mis latidos marcaban el compás del zig-zag de la tijera. Lento…lento…con ritmo pausado, descoordinación, acelere, impulso veloz, cosquilleos, parálisis, pum pam pum pam, pum pum pum puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum…..agitación…Descanso otra vez. Una a una fui explorando, ciegamente, las fotografías y extirpando de ellas tus ojos.
Decime si, acaso, te dolió. Si sentiste las punzadas desgarradoras. Si se te nubló la vista. Yo te vi tambalear en mis recuerdos.
Aquella tarde en el parque, tal como se plasmó en la foto….no te sentaste a mi lado en el suelo, sobre la lona blanca, a acariciarme el cabello. Es más, creo que ni me reconociste. Yo si. Y te vi pasar muy cerca mío. Tomándote la cabeza entre las manos. Maldiciendo no se qué embrujo.. "
Porque el olvido también es un ejercicio del recuerdo. Porque cuando te olvido más te recuerdo, para olvidarte bien.
viernes, 23 de noviembre de 2007
Ganas...
Las ganas van y vienen, como siguiendo el vaivén de las olas en el mar. O aún peor. Porque aquellas, salvo en los cambios abruptos de vientos que las sacuden, las confunden y hasta las cruzan de manera perpendicular, tienen un comportamiento más o menos lineal. Vienen del centro del mar, como las ganas que emergen desde mi interior, pero en forma recta, previsible, hasta en la rompiente- las ves crecer, elevarse por sobre el resto del agua, impulsarse hacia adelante, comenzar a perder el equilibrio hasta que llega el estallido y el burbujeo blanco de la espuma que, violentamente, comienza su carrera hacia la orilla- y luego... por algún instante, la calma en el agua. Y lo que fue una gran y amenazante ola, se desvanece para ser pisoteada en la arena.
Ojalá mis ganas se comportaran así. Ellas salen de donde quieren, sin preaviso de rompiente, sin un sentido predeterminado, sin causa evidente. Sin agua que contenga el golpe, sin vos.
Y aun así, te evoco. Aun así te busco. Te encuentro. Te palpo. Te lamo. Te deseo. Y las ganas emergen a flor de piel. Y ahí....quizás ahí, lo comprendo.
Ojalá mis ganas se comportaran así. Ellas salen de donde quieren, sin preaviso de rompiente, sin un sentido predeterminado, sin causa evidente. Sin agua que contenga el golpe, sin vos.
Y aun así, te evoco. Aun así te busco. Te encuentro. Te palpo. Te lamo. Te deseo. Y las ganas emergen a flor de piel. Y ahí....quizás ahí, lo comprendo.
Reflexiones de horas picos
Todas las personas son una unidad de felicidad. Charlan. Miran. Interactúan. Ríen. A veces, buscando otra sonrisa. Otras, riéndose a costa de la soledad. No importa. La risa me sigue generando bienestar. Ya sea que nazca de mi vientre, ya sea consecuencia tuya. O de la sociedad.
Hoy se me ocurrió pensar así. Aun sobrándome motivos de angustia. Aun pudiendo chorrear infelicidad.
Aun viéndote pasar, a la distancia y pensando tantas cosas a la par. Sintiéndote. Negándote. Queriéndote alejar o llamar.
Quién sabe? Pero mientras, me río. Y sobrellevo el momento. Y disfruto de mi loca compañía.
En soledad...aun sabiendo que estas.
Hoy se me ocurrió pensar así. Aun sobrándome motivos de angustia. Aun pudiendo chorrear infelicidad.
Aun viéndote pasar, a la distancia y pensando tantas cosas a la par. Sintiéndote. Negándote. Queriéndote alejar o llamar.
Quién sabe? Pero mientras, me río. Y sobrellevo el momento. Y disfruto de mi loca compañía.
En soledad...aun sabiendo que estas.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Tu más profunda piel... de Julio Cortázar
Hoy tengo ganas de expresarme, pero no muchas de escribir. Así que comparto esta prosa de Cortázar que me fascina. Espero que el que la lea aquí también la disfrute.
Tu más Profunda Piel
Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.
Tu más Profunda Piel
Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.
jueves, 1 de noviembre de 2007
Paradojicamente, la primera vez que recuerdo haber jugado a la "Rayuela" fue en una calle que bien podría llamarse "Calle Melancolía". Aráoz 234. Pintoresca escuela estatal de barrio, con su fachada bien cuidada, la bandera izada en el mástil del frente, la cartelera de novedades, las ventanas de 1º y 2º grado que daban a la calle, en planta baja, y lo propio con las de 6º y 7º grado, en el primer piso, por donde en más de una oportunidad han salido volando objetos de todo tipo.
Viví, durante el período escolar, a la vuelta de la escuela. Y, como era de esperar, casi diariamente llegaba tarde...cuando la puerta de calle ya se encontraba cerrada y debía aguardar esos 5 interminables minutos que duraban el izamiento de la bandera de adentro, el cantito del "Aurora" y la desconcentración a las aulas, en ordenadas filas, en el patíbulo. Y después el deslizamiento sagaz, bien medido, estudiado, a la fila de mi grado para evitar que alguna de las maestras comentara, al aire, qué raro los Pollarsky otra vez tarde! (Aclaración: ibamos en patota y hasta los altos grados, acompañados por mamá) Y ahí pasabamos 4, 3, 2 de nosotros sonrojados, asumiendo la derrota. Pero bueno, no era tan insufrible (sino hubiesemos aprendido a levantarnos a horario y a llegar temprano).
Tina o Marta tocaban la campana del recreo largo, porque timbre recién tuve los últimos años, y los patios eran una fiesta. El delantero- descubierto- para los grados mas pequeños, salvo los días de lluvia en los cuáles debíamos amucharnos, como podíamos, en el cubierto. El de atrás, el techado, para los mayores. Algunos intercambiaban figuritas, otros jugaban al yo-yó (ay! el Branco luminoso...afortunado quien podía ir a los kioscos cuando se armaban las clases magistrales y volver, al otro día al recreo, manejando nuevos trucos!!!), algunos se pegaban, otros correteaban, las nenas jugaban esos histéricos juegos de manos de coordinación de golpeteos, palmadas, tocadas a los talones y demases que rara vez lograba memorizar, encima cantados!!! Yo prefería correr por el patio, jugar a la farolera, esconderme debajo de las gradas, saltar la soga, hundir mi nariz en un libro en la biblioteca o jugar a la rayuela.
El lugar estratégico para jugar a la rayuela, era en la puerta del aula de jardín. Entrando a la escuela, a la izquierda. No pregunten porqué. Pero era así. Quizás porque ahí daba la sombra. O porque era, también, cercano al aula de 1º grado y ahí fue cuando comencé a jugarlo. Las cuadraditas baldozas grises ayudaban a delimitar los espacios.
CIELO
9
7 8
6
5
4
2 3
1
TIERRA
Con alguna tiza sacada, agilmente antes de salir del aula, hacíamos el diagrama. Y después esa era la misma que utilizábamos para hacerle puntería al número en el que tenía que caer. De ahí en adelante, saltos, agachadas, algun griterío cuando las contrincantes y/o espectadoras consideraban que alguna había pisado fuera del cuadrado, o que había apoyado el otro pie- que debía mantenerse siempre sin tocar el piso para no perder- en el suelo. A veces no se necesitaba del moderno telebin para dejarlo en evidencia: la marca de la pizada quedaba estampada entre el polvo de la tiza y el suelo. Y si la "tramposa" se negaba a aceptarlo, bastaba con hacerle levantar el pie y mirar los restos de tiza delatores en la suela de la zapatilla para expulsarla del juego.
Así transcurrieron varios de mis recreos. Muchas veces dedicándole miradas suplicantes a la encargada de la campana para que alargase un poquito más el recreo para que alguna lograse llegar al cielo. Sino, dudosamente la rayuela duraría dibujada en el piso otra hora más, y nosotras tampoco nos acordaríamos las posiciones de cada una en el ranking (palabra ésta que no se usaba por aquellos momentos...)
Indudable y casi biblicamente, si lo pensamos hoy, la gloria estaba en el cielo.
Quién sabe si en realidad sea así. Pero la que llegaba al cielo primero, ganaba. Hoy en día, con 26 años, prefiero tardar más en arribar. La tierra me guarda, aun, varias sorpresas.
Viví, durante el período escolar, a la vuelta de la escuela. Y, como era de esperar, casi diariamente llegaba tarde...cuando la puerta de calle ya se encontraba cerrada y debía aguardar esos 5 interminables minutos que duraban el izamiento de la bandera de adentro, el cantito del "Aurora" y la desconcentración a las aulas, en ordenadas filas, en el patíbulo. Y después el deslizamiento sagaz, bien medido, estudiado, a la fila de mi grado para evitar que alguna de las maestras comentara, al aire, qué raro los Pollarsky otra vez tarde! (Aclaración: ibamos en patota y hasta los altos grados, acompañados por mamá) Y ahí pasabamos 4, 3, 2 de nosotros sonrojados, asumiendo la derrota. Pero bueno, no era tan insufrible (sino hubiesemos aprendido a levantarnos a horario y a llegar temprano).
Tina o Marta tocaban la campana del recreo largo, porque timbre recién tuve los últimos años, y los patios eran una fiesta. El delantero- descubierto- para los grados mas pequeños, salvo los días de lluvia en los cuáles debíamos amucharnos, como podíamos, en el cubierto. El de atrás, el techado, para los mayores. Algunos intercambiaban figuritas, otros jugaban al yo-yó (ay! el Branco luminoso...afortunado quien podía ir a los kioscos cuando se armaban las clases magistrales y volver, al otro día al recreo, manejando nuevos trucos!!!), algunos se pegaban, otros correteaban, las nenas jugaban esos histéricos juegos de manos de coordinación de golpeteos, palmadas, tocadas a los talones y demases que rara vez lograba memorizar, encima cantados!!! Yo prefería correr por el patio, jugar a la farolera, esconderme debajo de las gradas, saltar la soga, hundir mi nariz en un libro en la biblioteca o jugar a la rayuela.
El lugar estratégico para jugar a la rayuela, era en la puerta del aula de jardín. Entrando a la escuela, a la izquierda. No pregunten porqué. Pero era así. Quizás porque ahí daba la sombra. O porque era, también, cercano al aula de 1º grado y ahí fue cuando comencé a jugarlo. Las cuadraditas baldozas grises ayudaban a delimitar los espacios.
CIELO
9
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TIERRA
Con alguna tiza sacada, agilmente antes de salir del aula, hacíamos el diagrama. Y después esa era la misma que utilizábamos para hacerle puntería al número en el que tenía que caer. De ahí en adelante, saltos, agachadas, algun griterío cuando las contrincantes y/o espectadoras consideraban que alguna había pisado fuera del cuadrado, o que había apoyado el otro pie- que debía mantenerse siempre sin tocar el piso para no perder- en el suelo. A veces no se necesitaba del moderno telebin para dejarlo en evidencia: la marca de la pizada quedaba estampada entre el polvo de la tiza y el suelo. Y si la "tramposa" se negaba a aceptarlo, bastaba con hacerle levantar el pie y mirar los restos de tiza delatores en la suela de la zapatilla para expulsarla del juego.
Así transcurrieron varios de mis recreos. Muchas veces dedicándole miradas suplicantes a la encargada de la campana para que alargase un poquito más el recreo para que alguna lograse llegar al cielo. Sino, dudosamente la rayuela duraría dibujada en el piso otra hora más, y nosotras tampoco nos acordaríamos las posiciones de cada una en el ranking (palabra ésta que no se usaba por aquellos momentos...)
Indudable y casi biblicamente, si lo pensamos hoy, la gloria estaba en el cielo.
Quién sabe si en realidad sea así. Pero la que llegaba al cielo primero, ganaba. Hoy en día, con 26 años, prefiero tardar más en arribar. La tierra me guarda, aun, varias sorpresas.
miércoles, 31 de octubre de 2007
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